Hago un esfuerzo por recordar lo que he soñado en estas últimas noches. Entre mis recuerdos, me encuentro con que sueño mucho con niños. Hijos de gente que identifico como amigos, se me acercan y juegan conmigo. Eso pasa durante la noche. Luego, durante el día, en la vigilia, otros niños, como Samuel, el hijo de mi amigo Santi, me coge de la mano ante la sorpresa de su padre. "Esto generalmente no lo hace".
Diana dice que esto es una cuestión de energía. "Eso es algo que desprendes". Yo no digo nada. Uno no sabe lo que desprende. O quizá sí, cuando se lo dicen los demás. Sin embargo, es algo que no sabré porque Samuel no habla (aunque se dice muchas veces más sin palabras que con ellas). Pero dejando a un lado conexiones energéticas, lo que sí sé es que me gustan los niños aunque alguna vez me haya encontrado alguno o alguna bastante cursi e insoportable. Aunque, en ese caso, ya se sabe: los asesinos son los dueños y no los animales.
Diana se queda un rato pensativa para interpretar mi sueño. Eleva la mirada al techo por encima de sus gafas y busca una respuesta entre los manuales y las enseñanzas que guarda en una memoria que ella define como la de un pez. Tras ese momento de reflexión, dice que soñar con niños tiene que ver con sentimientos, que dependiendo de quienes sean los padres de los niños de mi sueño, así son los sentimientos que tengo. Luego, viene el camarero, nos sirve y, ante mi cara, cuando éste se va, me pide que me ría. Yo no contradigo sus opiniones. Yo no sé nada de sueños. Sin embargo, a veces, por otras experiencias, tomo los sueños y la realidad como las dos caras de un espejo. Ha habido otros sueños en estas últimas noches que parecen ser un reflejo de lo que luego vivo con los ojos abiertos. Eso me hace pensar que para que algo suceda a un lado, primero tiene que suceder en el otro.


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